Reflexiones desde el duelo

El día 9 de diciembre fui invitado a participar en la actividad Encuentros con la Salud El Correo, organizada por la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao, la Facultad de Medicina de la Universidad del País Vasco, El Correo y Docor Comunicación, con una conferencia. Cuando me plantearon el tema de la conferencia: “Navidad en tiempos de duelo” pensé enseguida en profesionales del Área de Cuidados que dirijo en el Hospital San Juan de Dios, que son grandes expertos en esta materia. Pero acepté el reto por dos razones: deseaba compartir mi experiencia profesional como médico que a lo largo de muchos años he acompañado y sigo acompañando a los familiares que han perdido alguno de sus seres queridos y, sobre todo, necesitaba compartir mi experiencia personal por la pérdida de mi madre. En próximas fechas hará un año que se fue sin hacer ruido.
La primera pregunta que me hago es ¿qué es el duelo? La muerte de un ser querido es tal vez la experiencia más desgarradora en la vida de la mayoría de las personas. Esta pérdida de los seres que nos rodean, y a quienes queremos, desencadena inevitablemente una reacción de dolor, de ausencia, que provoca en nuestro cuerpo y en nuestra mente un conjunto de fenómenos de adaptación. A esto llamamos duelo. Es un mecanismo natural por el que encauzamos el sufrimiento que sentimos. Además, creo que es necesario para que nos podamos adaptar a la pérdida que hemos sufrido. Durante este proceso podemos asimilar los sentimientos negativos que han sido ocasionados por esa experiencia traumática de la muerte de un ser querido, pudiendo llegar a cubrir el vacío dejado por su ausencia. Es un proceso de cambio: con la muerte termina una vida, pero no una relación, una relación que se modifica: pasa de ser una relación de presencia a una relación de ausencia, ya que la desaparición de alguien a quien amamos no nos obliga a su olvido. El psicólogo Paulo Daniel Acero escribía: “el proceso de duelo no es un proceso de olvido, sino de aprender a recordar sin dolor”.
Para poder abordar el tema de la conferencia que me habían solicitado me tenía que responde a la pregunta ¿qué ocurre en Navidad? Cuando llega la Navidad se hacen más dolorosas las pérdidas, por eso es normal que la Navidad en estas fechas duela. La tristeza y la pena por la pérdida de un ser querido suelen provocar la expresión: “no me gusta que lleguen estas fiestas”. Es el momento en el que se nota más el vacío y es más profundo el dolor. Habrá detalles que nos recordarán a esa persona querida: sus chistes, su sonrisa, alguna comida especial que hacía en estas fiestas, sus regalos…
También me he preguntado ¿cómo viven los niños la pérdida de un ser querido? Los niños son sensibles a la reacción y al llanto de los adultos, se dan cuenta de que algo pasa. Nuestra actitud hacia ellos no debe ser la de apartarles de la realidad que están viviendo. Aunque resulte muy doloroso y difícil, es mejor informarles de lo sucedido lo antes posible buscando el momento y el lugar más adecuado. Les debemos explicar lo ocurrido con palabras sencillas y sinceras. Sea como sea la muerte, no sirve de nada que se lo ocultemos porque tarde o temprano acabarán enterándose por alguien ajeno a la familia. Es mejor explicar cómo fue y responder a sus preguntas, pero ¡nunca les debemos mentir! Hay que animarles a que expresen lo que sientan porque los niños viven emociones intensas cuando pierden a una persona querida.
Otro grupo de población frágil es el de los ancianos. ¿cómo viven ellos el duelo? Hemos de tener en cuenta que el duelo también lo vive una persona anciana. Cuando han perdido a su pareja, probablemente lleven una serie de duelos vividos y esto les facilite entender cuál será su proceso. Tal vez perciban un mayor sentimiento de soledad debido a la pérdida paulatina de familiares y amigos. Por eso, debemos ofrecerles nuestra compañía con la que les ayudaremos a aliviar su pena.
Pero, ¿cuándo se puede convertir el duelo en enfermizo? El duelo es un proceso con un principio y con un final; cuando ese final tarda mucho en llegar se hace enfermizo, es lo que se llama duelo patológico. Si pasado un tiempo, casi todos los días o de manera muy intensa y prolongada pensamos tanto en nuestro ser querido que incluso es difícil hacer las tareas que habitualmente realizábamos; si recordamos su ausencia con una enorme y profunda tristeza pensando que volverá; si le buscamos por todas partes y casi a todas horas; si nos sentimos culpables por estar vivos o creer que es injusto seguir viviendo estando la persona querida muerta. Si todo esto ocurre a diario e, incluso, varias veces al día o están haciendo que las relaciones familiares, sociales y laborales se deterioren, se puede afirmar que se está convirtiendo en un duelo patológico y precisa ayuda.
Los que trabajamos en Cuidados Paliativos tenemos muy presente que nuestra labor no termina con el fallecimiento del enfermo sino que debemos continuar apoyando a la familia, que ahora sufre por la pérdida de su ser querido. ¿Cómo podemos ayudar a quienes sufren la pérdida? Desde nuestra Área de Cuidados enviamos una carta a los familiares cuando se cumple una o dos semanas del fallecimiento en la que expresamos nuestra condolencia, reforzando positivamente la tarea efectuada por los familiares y recordándoles nuestra disponibilidad. También realizamos una llamada telefónica al cuidador principal que tiene una posibilidad terapéutica por sí misma, pero, fundamentalmente, para mostrarles nuestra disponibilidad a ofrecerles nuestra ayuda. Les ofrecemos ayuda individual a través de nuestros profesionales, ayuda a través de grupos de duelo dirigidos por profesionales expertos en duelo, de nuestro equipo. También ofrecemos un programa on-line denominado Cuidando Contigo-Zurekin Zainduz en el que orientamos, asesoramos, informamos a familiares, cuidadores y voluntarios sobre la atención en el final de la vida.
El duelo prepara para vivir sin la presencia física de esa persona querida y mantiene el vínculo afectivo de forma que sea compatible con la realidad presente. Cuando se haya conseguido todo esto, el recuerdo habrá dejado de ser doloroso. Como dice el poema de Trossero: “Cuando hayamos terminado de aceptar que nuestros muertos murieron, dejaremos de llorarlos. Y los recuperaremos en el recuerdo para que nos sigan acompañando con la alegría de todo lo vivido”. Mamerto Menapace, monje y escritor argentino, escribió: “El que muere no puede llevarse nada de lo que consiguió, pero se lleva, con seguridad, todo lo que dio”.
Amatxu, esta Navidad no estarás entre nosotros, pero estarás siempre presente en el pensamiento de tus hijos y de tus nietos.

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