La habitación vacía

 

Tras una despedida existe siempre un rato, que en raras ocasiones perdura algún día, en el que ese espacio se sigue percibiendo como propio de la historia de la que has sido partícipe. Has conocido y te han conocido. Has cuidado y te han cuidado. Has ayudado y te has llevado al corazón la parte dulce de la historia: EL AGRADECIMIENTO. El de ella, Alma. El de su familia. Esa habitación está vacía y entras para afrontar una nueva historia, que hará que el hábitat se perciba diferente, como si fuese un lugar nuevo.

La habitación de Alma se llenó de luminosidad, siendo una de las que están en la zona de más sombra. Se llenó de calor, tanto por los que la acompañaban, una familia que se turnaba para no dejarla sola un instante, como por el que nos permitieron también aportar. Se llenó de muchos sentimientos, de afrontamiento, de fuerza.

Fue a finales del mes de octubre (año 2020) cuando conocí a Alma y a su familia. Ella llevaba ingresada menos de 24 horas en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Gregorio Marañón. Era sábado, hasta el lunes no llegaría la actividad normal del hospital.

Ese mismo día tuve que afrontar unas cuestiones que me planteaban tanto ella como su cónyuge, Ángel, que no se podían pasar por alto; era de esas veces que estás viendo en la mirada de quienes las están formulando una necesidad de búsqueda de confianza para poder tranquilizarse, para poder entender que estás en el lugar adecuado llegado este momento de la vida. Yo sabía de antemano que ya conocían el estado avanzado de la enfermedad, que el pronóstico era malo y, encima, en un periodo corto.

Pero ella, a pesar del dolor, de sus malas digestiones, del cansancio… se encontraba fuerte.

—Estoy aquí encerrada entre cuatro paredes, cuando tengo fuerzas para estar en casa.

Estos temores son normales, todos tenemos el derecho de replantearnos cualquier decisión. Ella sabía que precisaba un tiempo de vigilancia estrecha, de intentar dar solución a problemas que en casa eran complejos de asumir. Estuvimos hablando de ello, necesitaban ser escuchados.

Necesitaban confiar en las personas que íbamos a acompañarles. Les hice saber que somos un equipo que trabajamos muy bien todos juntos, y que siempre íbamos a buscar la manera de hacer posible lo que Alma decidiera. Ella dijo que iba a necesitar ayuda de la psicóloga de la unidad, porque necesitaba ordenar sus pensamientos y expresar de manera correcta sus emociones. No apareció en la conversación lo que su mirada me estaba transmitiendo en ese instante, el dichoso TEMOR.

Llevando mis pensamientos al final, en el que Alma ya no está, puedo sentirme en paz, con ella y conmigo mismo.

Una de sus hijas me ha dicho que Alma percibió la tranquilidad, la paz, el cariño que, de manera profesional y respetuosa, haya podido aportarle. Es por esto por lo que comparto la frase que muchas veces nos decimos unos a otros en el equipo o explicamos a quienes nos cuestionan la dureza del trabajo: el agradecimiento es lo que termina llegando al corazón.

Además, no ayudamos a morir, sino a VIVIR hasta que dejamos de existir.

Pronto supe que Alma buscaba un lugar donde poder afrontar un final de vida digno, en el que se sintiese respetada, cuidada por su marido y sus dos hijas, y por un equipo en quien confiara.

***

De sus manos recibí un regalo.

—No tenías que hacer nada de esto —le dije—. Gracias, Alma.

—Es para tu niña, y para ti. Es un cuento, no sé si a ella le gustan. —En el brillo de sus ojos pude ver la verdadera ilusión con la que me estaba haciendo el regalo—.

Me puse nervioso al abrirlo, no quería romper el papel para que mi pequeña pudiese recibirlo lo más intacto posible. Esos nervios me hacen torpe. Se crean sonrisas cómplices en el matrimonio y en mí.

—Rompe el papel, no te preocupes por eso.

Estaban comenzando las casualidades.

—Has acertado, me encanta el detalle, y sé que a ella también le va a gustar mucho. Su pasión son los cuentos.

Se le ilumina el rostro. Puedo ver que le estoy llevando a sus recuerdos.

—Nosotros, con nuestras hijas, hemos disfrutado de grandes momentos con ellos. Ellas disfrutaban y nosotros nos hacíamos igual de pequeños. Y se queda un recuerdo precioso.

Echo una ojeada al cuento; el título y contenido me llaman la atención, como protagonista hay un erizo.

—Este cuento va a ser especial para mi niña. Ella, en su colegio, va a la clase de los «erizos». Y lo de los abrazos con sus padres, es la primera en pedirlos, sobre todo por las noches, antes de dormir, es muy cariñosa.

También soy de dar abrazos, pero no podemos, como en el cuento. Esa noche lo leo con mi pequeña. Y pienso en el contenido del cuento y se me ocurre cómo darle las gracias: ofreciéndole muestras de cariño, como los protagonistas de la historia. Los días siguientes puede ver en vídeo a mi niña disfrutando de su regalo. Recibe besos al aire en la despedida tras mi jornada en el hospital, y yo también de su parte. Mi pequeña colorea un dibujo que hago sobre el final del cuento, y que le acompañará, en la ventana de la habitación, en sus últimos días.

Algo que siempre recordaré fue una conversación en la que Alma, con una sonrisa llena de dulzura, me dijo:

—Jose, deseo que seas muy feliz siempre.

Esta frase me hizo recapacitar, la conservaré para siempre como un gran regalo, esas palabras iban acompañadas de una gran lección de vida. Se lo dije al día siguiente:

—Alma, en tu despedida, ayer me deseaste algo tan bonito que siempre lo recordaré y tendré en cuenta. Estando en tus circunstancias, me doy cuenta de lo bella persona que eres, gracias de corazón.

***

Con Iris, su hija mayor, pude coincidir en menos ocasiones. Tuve la oportunidad de sentarme un rato con ella, llevaban apenas 48 horas en la unidad. Esa conversación pudo situarme para entender cómo se sentía Alma estando con nosotros. Y el resto de la familia. El temor y la incertidumbre estaban en esos primeros días muy presentes.

—Jose, nos han dicho que mi madre en ningún caso va a vivir más de un mes. Verla así, con la fuerza que aún tiene, es difícil de creer ¿Tú también, por tu experiencia, crees que es así?

—Hablar de tiempo es algo que os habrán explicado con más detalles vuestros médicos. Pero sí, hay cosas que no van bien y que pueden hacer que en poco tiempo tu madre se encuentre sin fuerzas.

Una cosa estaba clara: Alma disponía de un apoyo familiar potente y a tener en cuenta, estaban dispuestos a arrimar el hombro y a acompañar y acatar lo que decidiese. Me compadecí al escuchar cómo se desencadenó el inicio de la enfermedad.

***

Jose, estoy con mucho dolor de cabeza, agotada… Mi mamá ya hoy no despierta. Es lo mejor, llegado este momento. Para ella, para nosotros. Porque verla sufrir…

Intenta descansar un rato, Luz, aquí estamos para estar también acompañando en estos momentos, estaremos pendientes de ella si te duermes, te puede venir bien. Si quieres una infusión para acompañar al analgésico que vas a tomar, te la preparo en un momento.

Empiezo a escuchar palabras de agradecimiento a todo el equipo desde que están en la unidad.

—Mi madre está en el mejor lugar que necesita en estos momentos, ella misma lo ha dicho en estos días.

Y tras estas palabras, con su mirada cansada, pero llena de luz y de amor, termina diciendo:

—Gracias por todo, Jose. Me voy a cogerle su manita.

«ME VOY A COGERLE SU MANITA». Qué muestra de amor más bella y sincera. Qué bien lo has entendido, sabiendo que con eso LO HACES TODO.

Que de momentos nos aporta una unidad así, momentos que son PURAS LECCIONES DE VIDA, DE HUMANIDAD, DE AMOR, DE SEGUIR CREYENDO EN LAS PERSONAS.

***

Ángel es de esas personas que, desde el inicio de la pandemia, lamento no poder haber abrazado durante mi jornada, tras cualquiera de nuestras conversaciones. Su vulnerabilidad, fragilidad, esa manera de expresar sus sentimientos sobre lo que está pasando, sus miedos.

«Paciencia» y «tiempo» son de las pocas palabras que podía transmitirle en esos momentos.

En pocas ocasiones, tras muchos años en el servicio, he podido ver tantas lágrimas. El impacto emocional que tenía conllevaría un intento por parte del equipo de que se sintiese acompañado en unos momentos tan complicados.

Estas conversaciones en las que me dijo tanto, sobre su vida con Alma, sobre lo roto y dolorido que estaba por romperse esa unión terrenal, me las guardo dentro por siempre por respeto a ellos, a la confianza que me estaba transmitiendo en esos instantes. De todo ello saco en conclusión algo tan sencillo y verdadero como es el AMOR. Y eso permanecerá siempre.

De nuestras charlas ha surgido un probable futuro encuentro. Mi hija crecerá y aprenderá sintaxis con la mejor persona que pueda enseñarle. Y con ello, también podrá ver que en el mundo existen personas buenas, personas que suman por un mundo mejor.

***

Alma, gracias por aportar felicidad a mi vida, y a mi pequeña —me despido mientras duermes, sentado al lado de tu cama. A tu otro lado, Luz te arropa; ha juntado su cama, tenéis formada «la suite», como días antes decíais. Al día siguiente yo descanso, y tu agotamiento es visible. Salgo tranquilo, porque transmites estar en paz.

 

* José Navarro Romero es enfermero de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Madrid.

 

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