Aceptar el morir es abrir una puerta al amor

 

Mi nombre es María Gutiérrez, tengo 34 años y quiero compartir la que hasta hoy ha sido la experiencia más enriquecedora de mi vida. Espero poder ayudar a otros que vivan algo parecido.

Nunca olvidaré la mañana de abril en la que, por teléfono, mi madre, derrumbada, me comunicó el fatídico diagnóstico de mi padre: cáncer de colon en fase III. Aquello cayó en mi familia como un jarro de agua fría, dando paso a lo que sería el inicio de una gran batalla. Inicialmente, mi padre solo debía ser operado, pero tras la intervención nos comunican que necesita quimioterapia.

Aquí comienza el calvario. El tratamiento fue muy agresivo, provocando efectos secundarios que lo dejaban muy débil y lo deterioraban físicamente. Era muy impactante para mí verle consumiéndose poco a poco. Aun así, él se aferraba a la vida y seguía tratando de hacer su vida normal. Hoy sé que lo hacía para no preocuparnos (cuánto te quiero papá).

En los ocho meses siguientes, mi padre siguió el tratamiento, y continuaron los efectos secundarios. En varias ocasiones, mi madre y él debieron ir a Urgencias por dolor abdominal constante. A pesar de ello, no se le hizo ninguna exploración, hasta que tuvo que ingresar. Tras un estudio radiológico, el oncólogo nos comunicó los temidos resultados. Aquí comienza la segunda parte de este viaje, digerir lo que tanto habíamos temido —y que no queríamos imaginar—, que trajo el mayor dolor que he experimentado nunca y la prueba mas difícil que he debido pasar. Diagnóstico: papá tiene una metástasis muy extendida, papá se va.

¿Cuál era el siguiente paso? Los cuidados paliativos. Mi padre, 63 años, la gran fortaleza de mi vida, debe ser atendido en paliativos, y es a mí a quien le toca comunicarle esa noticia. Demasiados acontecimientos dolorosos en tan poco tiempo.

Me negaba a rendirme, tenía que haber otra salida, debía encontrarla, no paraba de preguntarme qué podría hacer.

Tras ver las alternativas e informarme de las pocas posibilidades que quedaban, hasta pensé exponer a mi padre a un tratamiento experimental en Estados Unidos. Gracias a Dios, esta idea se desvaneció. Presa de la desesperación, llamé a una amiga psicóloga, Ana Ríos, especialista en psicología positiva y musicoterapia. Charlamos extensamente y pude expresarle lo que sentía y experimentaba; me recomendó informarme sobre Enric Benito, médico oncólogo y experto en paliativos. A partir de aquí, la historia empezó a cambiar y a teñirse del color de la esperanza, la paz y la aceptación.

Enric me ayudó a ver que había otra salida, la más amorosa de todas: darle a mi padre una muerte digna. Adoptar ese enfoque no fue fácil; primero tuve que enfrentarme a mis demonios y armarme de valor, y sobre todo, de mucho amor, para entender que ayudar a mi padre a morir con dignidad era la mejor opción. Cuando contacté con Enric, seguía aferrada a la idea de mantener a mi padre con vida al precio que fuese. Esta fue la primera puerta que él me ayudó a cruzar, la de la resistencia. Mantuvimos largas conversaciones al principio. De forma sabia y empática, me ayudó a abrir mis ojos, cegados por el miedo. Al principio, resistiéndome, pero poco a poco fui comprendiendo que, si a mi padre le quedaba poco tiempo entre nosotros, este debía de ser un tiempo de calidad.

No tengo palabras para agradecerle a Enric que aportara esa luz tan necesaria para mí y para mi familia en aquellos momentos. Dar paso a la aceptación no hizo más que facilitar las cosas («sé que te vas, papá, y por ello voy a estar disfrutando contigo hasta el día de tu partida»).

A partir de aquí, la historia empezó a llenarse de magia.

A veces nos empeñamos en aferrarnos a una idea, a algo que deseamos con todas nuestras fuerzas, hasta comprender que ese empeño por evitar lo que no queremos que ocurra lo único que hace es añadir un sufrimiento innecesario. Mi padre deseaba seguir viviendo, pero entendió que, en aquellos momentos en que la muerte se iba acercando, aun seguía vivo, aun le quedaba mucho amor que recibir y mucho amor que regalar.

Y entonces, casi como un milagro, mi padre recuperó la alegría. Papá se vino a casa, recorrimos los álbumes de fotos familiares, escuchamos sus canciones favoritas, se levantó y se puso a bailar, pidiendo que lo grabaran para que posteriormente mandáramos la grabación a los familiares… 

Nos abrazamos, nos dijimos infinitos «te quiero» y nos dimos mensajes de calma y de paz.

Durante todo este proceso, Enric nos estuvo ayudando a través de mensajes y videollamadas. Él sosegaba a mi padre en los momentos en los que ya apenas podía moverse. Cuando papá se fue, hacía un día y medio que había entrado en coma. Recuerdo que yo le hablaba al oído, porque sabía que me oía. Le dije cuánto le quería, lo orgullosa que estaba de ser su hija y lo agradecida por todo lo que había hecho por mi desde el día que nací. Por cuidarme como lo hizo, por quererme como me quiso y por todo lo que me había enseñado durante toda su vida y, sobre todo, en su final.

Finalmente, le dije que se marchara tranquilo, que íbamos a estar bien, que sabíamos que una parte de él siempre iba a estar con nosotros y que ya le tocaba descansar. Si hay una emoción predominante en mí el día de su partida, esa fue la gratitud: «Gracias papá, gracias por tanto». Después de despedirme de él al oído, mi madre y mi hermano se quedaron junto a él. Cada uno a un lado de la cama. Yo me quedé a sus pies, viendo cómo ellos se despedían. Al poco rato, papá dejó de respirar.

No puedo explicar con palabras el clima que deja en una habitación una persona cuando se marcha con esta paz.

Puede que sea la mezcla de la emoción de todos y de la propia persona que se va descansar. Lo que sí puedo decir es que la paz que se respira es diferente a la que puede sentirse en cualquier otro lugar que también emane paz.

Recuerdo que uno de los enfermeros que nos acompañó se quedó maravillado. Posteriormente, me comentó que ojalá el día que tuviera que irse pudiera hacerlo con el mismo amor que lo hizo mi padre. Cuánto nos enseñaste a todos, papá.

El 24 de febrero de 2020 mi padre dejó su vida física en este mundo. Dejó un vacío en nuestra familia imposible de sustituir, pero dejó nuestros corazones rebosantes de amor, humildad y sabiduría.

¡¡Gracias papá!!

 

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